Febrero se estrenó con un exceso de locura, posiblemente, influido por un cuarto menguante en ciernes, que siguió a la luna más pletórica y cercana del año, según los astrónomos. No pudo sustraerse a su voluptuosidad y descargó toda la furia que sólo cabe esperar en los trópicos. Enero fue, sospechosamente, demasiado cálido, para su estación, y en sus postrimerías anticipaba ese soplo devastador, para el que parece, no haber remedio posible, y pese al cuidado en la prevención de lo que se llama técnicamente fenómeno meteorológico adverso. Desde la tormenta Delta de finales de 2005 y la proximidad en el tiempo de las riadas de noviembre de 2008 y este recién comenzado el mes de las carnestolendas y de la poda, cabría mentalizarse sobre la repetición de tales incidentes atmosféricos en el tiempo, con todo lo que de secuelas económicas y humanas se desprende. Hay quienes piensan que estas inclemencias meteorológicas son propias del Archipiélago.