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El imperio de la selva no tiene cabida en la jungla humana ni en sus parques acotados para su recreo y diversión, pese al cantado eufemismo de la protección de las mal llamadas especies inferiores en peligro de extinción, aunque, como en todo, en la vida hay sobradas excepciones dignas de encomio. La muerte acecha ahora en el asfalto y no en la sabana o las ya reducidas reservas de los felinos, a merced de cazadores “legales” o furtivos, en África o Asia, por citar algunos ejemplos. Más allá de la valla o de la verja, aquí en las Islas, o vaya usted a saber, aguarda una bala certera a falta de dardos relajantes que atemperen feracidades y no maten para esos “gatos de a rayas” que osan franquear la frontera entre el animal y el hombre y que sólo divierten cuando están en cautiverio o presos en el celuloide o de los ámbitos en tres dimensiones.