Las grandes catástrofes y desastres naturales extraen el sustrato más noble de la humanidad. Los gestos solidarios son una constante, salvo penosas excepciones, fruto de la calamidad y de esa condición humana menos noble, en ese pequeño y paupérrimo país caribeño, Haití, asolado por el seísmo del pasado día 12. Las adversidades, en gran medida, constituyen serias oportunidades para la superación, como ha quedado constatado a través de la historia. Lo son porque, salvo lo irremediable, se tornan en auténticos avisos a navegantes porque nadie estamos a salvo de los desgarros crueles de la naturaleza.