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Cada ciclo de nuestra vida es una invitación a la purificación física y espiritual, a la superación de la postración que representa el acomodo a estereotipos ajenos impuestos y que nada tienen que ver con la esencia del modelo de perfección o seguimiento de unas pautas de conducta respetuosas consigo mismo y con los seres cercanos. La autoestima que tanto se proclama y se reivindica, a veces, sucumbe ante la hostilidad que implica el rechazo a la diferencia o al reconocimiento de las limitaciones materiales que nos acotan y nos abocan al vacío más absoluto: la indiferencia y el desprecio.