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Las exigencias del ritmo de vida impuesto por una sociedad que se apura en lo cotidiano sin trascender más allá de sus propias capacidades y miras materiales, en un escenario que aboca a la supervivencia o al sálvese quien pueda propicia conductas agresivas o tensiones que se diluirían en la comprensión y el diálogo leal. En el Puerto de la Cruz asistimos a un espectáculo más propio de una tragedia griega que de un ejercicio de sensatez y de sentido común (que es el menos común de los sentidos). El desencanto y la frustración medran en la conciencia más extendida de que la “res pública” o cosa pública está más sujeta a caprichos y devaneos políticos que al fin último de servir a la comunidad.
Cuando dejamos que la vida se escape por las preocupaciones superfluas o los encantamientos de serpientes en que se convierte la idea de sobrevivir a todos los plazos que nos imponemos, corremos el riesgo de desvanecernos como una brizna de hierba sobre el asfalto y sucumbir bajo la suela de los zapatos. A veces, conjugar el tiempo futuro conlleva omisiones y autocomplacencias, amparados en la creencia de que el mañana es nuestro como expresara Bertold Brecht. Lo que realmente atesoramos es el pasado y el presente. El futuro es sólo una promesa y que, pese a ello, no debemos omitir o pasar por alto.
El salto de la estrechez a la holgura es todo un prodigio cuando conduce a la plena libertad. Un paso hacia el interior de nosotros mismos que nos permita sumergirnos en
las aguas procelo
sas del subconsciente indiscreto y siempre esquivo, muy especialmente, sin
perecer ahogados, cuando la agonía se torna una araña que rompe sus redes y cae al vacío. Egipto representaba, en la antigüedad, esa angostura y sumisión del espíritu al lodo de la esclavitud.
Como otrora, al ser humano le corresponde elevarse sobre ese cerco material que terminará por hundirlo en la nada. Este reflexión la formulaba en medio de la celebración de Pesaj, que ahora
comparto con ustedes.
DESCENDISTE del reino de las almas en otoño y te elevaste más allá de la cima de las águilas en las postrimerías de una primavera lluviosa y desatenta. Compartimos toda una vida entera juntos, alegrías e infortunios, y llegó aquella tarde fatídica en la que me hubiera gustado detener el Sol como lo hiciera Yehoshúa frente a la ciudad amurallada de Jericó, para posponer tu viaje al Paraíso. Te fuiste con el crepúsculo cuando aún sin cesar el canto de los mirlos que presagiaban la noche y barruntaban amaneceres de tu ausencia.